El arte de editar para niños: Daniel Keel con Tomi Ungerer, Maurice Sendak y Edward Gorey

No siempre es fácil entrar en el mundo de los autores y su relación con editores, y mucho menos esbozar qué es un buen editor. Porque editores hay muchos pero singulares, menos. El editor, no solamente recibe un manuscrito, da unas palmaditas en la espalda del autor y mete el libro en producción. A menudo, muy a menudo, el editor es un amigo, un confidente, una madre, un prestamista, un apagafuegos y también, un incendiario que aviva las llamas de sus creadores. En la construcción de un catálogo por parte de un editor, el diálogo con los autores es indispensable y conforma en muchas ocasiones las líneas de trabajo con sus autores.

Tal es el caso del editor suizo Daniel Keel, fundador de la emblemática Diogenes Verlag que publicó a 860 autores en 58 años de vida, entre ellos, gente de la talla de Samuel Beckett, Heinrich Böll, Albert Camus, Elias Canetti, Max Frisch, Donna Leon o Patrick Sünskind. Sin embargo dos autores marcaron notoriamente ese catálogo: Maurice Sendak y Tomi Ungerer, considerados ahora dos de los más importantes exponentes de literatura infantil.
Atender la correspondencia de Keel con estos autores es descubrir el espíritu de un editor que siempre dijo que los libros son solo voluminosas cartas a los amigos. La lectura de sus cartas publicadas bajo el título Lustig is das verlegerleben (“La vida de un editor es divertida”), puede servirnos para entender qué requisitos debe tener un editor de libros para niños.
a) El afecto. Maurice Sendak, en una ocasión, le recriminó que siempre escribiera sus cartas de manera impersonal. Keel entonces tomó su máquina de escribir, un diccionario alemán-inglés y cinco días (“he afilado mis lápices que nunca uso”) para acabar escribiendo cinco páginas repletas de noticias. “Maldita sea: no soy un escritor (como tú y la mayoría de mis amigos). Soy un editor”, le confiesa para poner las cosas en claro. La larga carta no deja lugar a dudas: el afecto que siente por Sendak vale el esfuerzo. “He pasado media noche tecleando en esta horrible máquina de escribir (mirando en el diccionario cada tres palabras). Por favor, ten misericordia en el futuro. Encontrémosnos aquí o allí para hablar. La escritura es algo demasiado sagrado para mí. Déjame simplemente ser tu editor y tu amigo”.
a) La intuición. Para un editor que conseguía a sus autores leyendo, por ejemplo, el New York Times (donde era posible detectar en un anuncio a un potencial autor), no resultaba tan sorprendente recibir cartas de todo tipo y contestarlas con entusiasmo. En una ocasión Tomi Ungerer, habiendo enviado por correo sus originales y tras no recibir respuesta inmediata le escribió en enero de 1959 una primera carta con esta peculiar ortografía y composición:

Querida editorial.
estoy muy impaciente porque no tengo respuesta. ¿Han llegado mis cosas? qué pasa. ¿Tal vez el señor diokeeles se ha muerto o está enfermo? (¿por ejemplo, hemorroides, cáncer, manicomio, peste o sífilis, o miosotis?). Aquí tengo algunas cosas que todavía no he enviado porque no sé si Zúrich existe todavía.
amen
men
en
n
() nada
Reciba, querido señor, la expresión de mis sentimientos más superlativamente distinguidos, asegurados y venerados.

tomi ungerer, si es que te acuerdas
¡jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaj, ja!

No sabemos si Ungerer conocía la personalidad de un editor, como Keel, que tras publicar Memento Mori de Muriel Spark, había elegido como táctica de marketing llamar por teléfono a los libreros para decirles: “¡Recuerda que vas a morir!”, pero lo más probable es que le diera igual y mostrara, simplemente, su personalidad de inconformista. 

Como editor, ¿una carta así causa alarma o es un estímulo? ¿Refleja una futura amistad o más bien una montaña rusa?
Para un editor como Keel era sin duda la promesa de un autor singular, de una obra futura prometedora. Así lo constata el hecho de que Keel encargara a Ungerer las ilustraciones de un libro poco común: Das Große liederbuch, ambiciosa compilación del folclore en lengua alemana, que obligó al ilustrador a dar un cambio radical en su técnica e inspiración.
El editor le advirtió, conociendo ya su estilo: “por favor, por una vez, nada de obscenidades, ninguna ironía y mucho menos guarrerías”. Eso obligó a Ungerer a descubrir un nuevo sentido de la prudencia para controlar lo que él mismo llamaba su “diablo interior”. El resultado, como Sendak alaba en otra carta, terminó siendo espectacular y el libro vendió en una semana más de treinta mil copias. Ungerer, quien ya vivía en su propia granja aislado del mundo, se inspiró en sus animales, rehízo diez veces un mismo dibujo, se concentró en las planchas de color con una minuciosidad tal que él mismo resultó sorprendido. 
c) El realismo. “Me considero un realista romántico”, admitió Keel en una entrevista. Para un editor tener un pie en la realidad es tan necesario como sentir emoción por sus autores. Esto incluye la administración, el dinero y el conocimiento de que el éxito de un libro puede proporcionar a muchos escritores la posibilidad de expresiones creativas que de otra manera serían inviables. A propósito de Edward Gorey, escribe en otra carta: “Como la mayoría de mis autores-artistas, trabaja como ilustrador para otra gente por dinero”.
Las tensiones con sus autores sobre asuntos económicos se resuelven compartiendo con ellos el momento editorial. Ungerer se demora más de dos años en entregar sus ilustraciones para ese Liederbuch que tanto promete. Keel le responde que, de momento, “los costos nos aplastan”, y que por ello no pueden darse el lujo de hacer la edición a todo color. Ungerer ganará: el libro saldrá a color y se convertirá en un clásico del género.

Tal vez estos incisos arrojen luz sobre la importancia de un editor. Si Ungerer o Sendak no se hubiesen cruzado con editores como Keel tal vez su obra no hubiera sido tan deslumbrante. Pero también se observa en esta compleja y delicada relación, y en el espíritu de un editor, la importancia de intermediar con mucha inteligencia y creatividad, para un público, los niños, acostumbrados a que todos piensen por ellos.  

Este artículo salió publicado en la Revista Letras Libres, noviembre 2014

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