lunes, 17 de agosto de 2015

El programa Salas de Lectura: cuando los libros salen a la calle

Desde hace casi 20 funciona en México, auspiciado por Conaculta (Consejo Nacional para las Artes y la Cultura), un singular programa de promoción de lectura llamado Programa Nacional Salas de Lectura (PNSL). Fundado en 1996 el objetivo era implicar a la sociedad en las políticas de promoción de lectura. En un país  de casi 100 millones de habitantes donde apenas 4 de cada 10 ciudadanos se declara lector, la tarea, desde la institución pública que la promueve buscaba ampliar, con pequeñas acciones, los espacios de lectura.   La dinámica es sencilla aunque exigente: ¿tiene usted un pequeño espacio para alojar libros? ¿Le gustaría montar una pequeña biblioteca para su comunidad? Entonces abra una Sala de Lectura. Conaculta le dará una formación en mediación de lectura, mandará una colección de 100 cuidados títulos para empezar, le brindará la oportunidad de realizar cursos de actualización, y pertenecerá a una comunidad que ya va por los 4000 participantes. A cambio le pedirá vitalidad, vocación sin remuneración y participación activa en su comunidad, a través de espacios culturales estatales y de diversos programas de formación.


Se trata de uno de los proyectos más exitosos de la sociedad civil en el que ciudadanos de a pie, en muchas ocasiones, sencillos trabajadores, realizan el esfuerzo de compartir libros, lecturas y espacios de cultura en lugares remotos donde la llegada del libro es excepcional. En el año 2009, debido al gran crecimiento de estas salas y al desconocimiento por parte de Conaculta del perfil de estos singulares promotores, se encargó una encuesta nacional para retratar a esta comunidad. El reto principal era identificar, caracterizar y analizar la situación de estas Salas de Lectura para poder establecer planes y estrategias de desarrollo cultural.
Algunos datos interesantes de esta encuesta revelan que un porcentaje muy alto de mediadores son mujeres (63,9%) y la edad en promedio es de 40 años. La mayoría han tenido experiencias de lectura que les han marcado (biblioteca familiar, un profesor que ha promocionado la lectura en el aula, inquietud como bibliotecario o docente). Pero también los hay quienes, no siendo ellos mismos lectores, encuentran una oportunidad para compartir lecturas con los demás y hacer que los niños lleguen de manera fácil a los libros. Como lo comenta este mediador de Aguascalientes que explica su experiencia de niño:

Para mí pararme en una biblioteca o ver los libros, de chico, para mí eso era imposible, vamos a decir, porque los libros estaban tan altos que para mí era imposible que me fueran a prestar un libro sin requisitos, sin ser conocido, ser huérfano, no tener ni credenciales ni nada. Ahorita yo voy a cualquier parte y me pueden prestar uno o lo compro, pero de chico, ¿quién me respaldaba a mí para que yo pidiera un libro?

En general, y viendo los resultados de esta encuesta, se observa una inquietud en estos mediadores por dar nuevas oportunidades a niños para cambiar sus condiciones sociales: acceso a la lectura, al saber para formar ciudadanos críticos. No son pocas las ocasiones en que relatan cómo los niños que asisten a estas modestas bibliotecas comunitarias han mejorado en sus tareas escolares y han implicado a toda la familia en una profunda transformación.

Estamos hablando de un país con un contexto social complejo: lugares donde la violencia ocupa la mayor parte del día, poblaciones devastadas por el narco y la emigración, comunidades que se expresan en lenguas indígenas con escaso acceso a la cultura escrita, pero también lugares remotos donde la vida se basa en pequeñas acciones cotidianas, sin mucho espacio para la fantasía. El libro, la palabra, acude a estos lugares con unas salas de aspecto informal, flexibles con sus comunidades y con clara vocación social.

Cualquier lugar es bueno para montar una Sala de Lectura. Los más habituales son: en alguna parte del hogar (salón, entrada, garaje), en escuelas, en bibliotecas o centros culturales. Pero también las hay itinerantes, llevadas a mano y en bus en cajas de madera o neveritas,  y se mueven allá donde hay niños, en parques y hasta en lugares sociales como residencias de la tercera edad, hospitales, centros de acogida de mujeres maltratadas, hospicios, iglesias, mercados, hasta una estación de trenes abandonada.  ¿La orilla de un río es un buen lugar para tener la biblioteca? ¿Y en las escaleras de un gran edificio? ¿Y en un cementerio? En alguno de mis viajes por México he visto a una coordinadora de una Sala de Lectura subirse a un autobús que lleva muchachas trabajadoras a la maquila (fábrica) para compartirles la lectura de una novela durante varios días. Cualquier sitio donde pasen personas a las que ofrecer un libro es bueno. Esto muestra la gran voluntad de los mediadores, su inquietud por ofrecer nuevas oportunidades a las comunidades donde alojan sus bibliotecas. En Zacatecas, una mediadora expone así su influencia:

Tengo niños que empezaron conmigo y que ya van en la preparatoria. No tienen ningún problema de comprensión lectora, ni de calificaciones. Todo eso ha repercutido en lo que son ellos ahora. Una de ellas, Carolina Vargas, acaba de ganar la olimpiada de conocimiento a nivel primaria. Esos pequeños logros son muy difíciles de evaluar. No podemos medir qué tanto lee alguien, si comprende o no comprende. Pero sí se ve el impacto, sobre todo en lo académico. El oír que los niños hablan más fluido, el ver que se recomiendan libros, que se llevan libros y los leen, ver que se están enriqueciendo y que cada día te piden más. Ver los niños que estuvieron viniendo y que crecieron entre los libros de la Sala de Lectura, y que ahora son buenos estudiantes, son sensibles, son creativos.

En un vídeo realizado por Paulina del Paso para mostrar la singularidad de este proyecto, se recorre la geografía mexicana presentando proyectos  en pequeñas comunidades rurales donde sus habitantes tienen el libro como única opción para salir, aunque sea imaginariamente, de sus sencillos lugares. Ideas para elaborar proyectos, una forma de comunicación, para despertar a otras realidades, para hablar.  En un pueblito de Oaxaca, una ceramista canadiense monta su Sala de Lectura con la idea de que, si va un solo niño, está bien. Poco a poco van llegando más y más niños, hasta que los más mayores, después de algún tiempo, asumen el rol de mediadores, leyendo libros a los demás.  A veces, como se ve en este y otros muchos casos, se trata de la única ocasión para salir del lugar.

Sin pretender obviar algunas de las dificultades que tiene el programa (excesivo apego a lo escolar, un cierto desorden organizativo debido a la dificultad de controlar lo que ocurre en cada sala, y falta de recursos en los intermediarios estatales), este programa es, sin duda, único y ejemplar para muchos países donde en muchas ocasiones la voluntad ciudadana, con un pequeño apoyo político, puede contribuir a mejorar las diferencias sociales y culturales.


Informaciones


(*Este artículo salió publicado en la revista Lazarillo, nº 31, 2014)


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