Animación a la lectura (II) Seis ideas más

La primera entrada dedicada a cómo se hicieron lectores algunos de los grandes escritores (y científicos e intelectuales) tuvo muy buen eco y, como es una colección de experiencias de lo más grata de hacer, aquí compartimos una segunda tanda de ideas.



 En dictados y composiciones nadie me gana; cometo errores pero tengo mejor ortografía y puntuación que los demás. También soy bueno para historia, inglés y civismo. En cambio, resulto una bestia en física, química, matemáticas y dibujo. No hay otro en mi salón que haya leído casi completo El tesoro de la juventud, así como todo Emilio Salgari y muchas novelas de Alejandro Dumas y Julio Verne. Me encantan los libros pero el profesor de gimnasia nos dijo que leer mucho debilita la voluntad.

José Emilio Pacheco
El principio del placer (en papel y en ebook)
(ERA, 1998)





De modo que tengo que ser sincero y decir que el libro que más me cambió la vida fue Qué verde era mi valle. Un día cogí una andrajosa edición rústica del clásico de Richard Llewellyn (era una edición de Pan o Penguin, que lo proclamaba “el best-seller de guerra”, lo que significaba que me parecería bien) y fue como si hubiera caído en un encantamiento hasta que lo terminé. Después lo leí otra vez. En los años siguientes lo inhalé y lo bebí decenas de veces y en cualquier momento podría haberme examinado de sus temas mayores y menores. El mundo y la experiencia de su narrador, Huw Morgan, se volvieron más reales que los míos. Fue un terremoto, un momento crucial, una revelación.

Christopher Hitchens
Hitch-22 (en papel, en ebook)
(Debolsillo, 2013)





Aunque desde pequeña me encantaban los cuentos, no recuerdo que mi madre me leyera o me contara uno. Por aquel balcón que nunca nadie descubrió desfilaron indiscriminadamente Emma Bovary, Doña Bárbara, Nancy Drew, Cathy Heathcliff, Jane Eyre, Charlotte y Emily Brönte, Milady, Becky Sharp, Wonderwoman, Sheena, Jane y Chita, Julieta, Cordelia, Goneril y Reagn, la Pequeña Lulú, Juana de Arco y Scheherezade, cuya versión inexpurgada de Las Mil y una Noches me fue arrebatada, inceremoniosamente, un día en que le pregunté a mi abuela, Mamita Pepé, por qué en Arabia a las mujeres les afeitaban el pubis el día de la boda hasta dejárselo todo pelado como la palma de la mano

Rosario Ferré
Memoria 
(Universidad Veracruzana, 2011)





Para dormir, se hizo costumbre, hasta los siete u ocho años que mis tías Esther y Noemí me leyeran cuentos: Caperucita roja, El gato con botas y Barba azul de Charles Perrault; Blanca nieves y los siete enanitos, Hansel y Gretel y El sastrecillo valiente de los hermanos Grimm;  El patito feo, El soldadito de plomo (que me hizo llorar como ninguno) y El trompo y la pelota de Hans Christian Andersen; los magníficos relatos de Oscar Wilde y las historias soberbias de Lewis Carroll, Edmundo d´Amicis y Collodi contribuyeron a poblar mis sueños infantiles (…). Más adelante, en la adolescencia, cuando mis tías abandonaron a causa de sus novios la cómoda costumbre de leerme en las noches, sería yo el que seleccionaría mis lecturas ayudado por mamá: Verne en primer sitio, una y otra vez sus personajes me hicieron descender al fondo de los mares, volar a la luna, recorrer el centro de la tierra e intentar la hazaña de darle la vuelta al globo terráqueo en ochenta días. Arthur Conan Doyle ha sido objeto de muchas lecturas. Amo a Sherlock Colmes y a Watson y, asimismo, amo sus obras de aventuras, las no policiales. Con Salgari conocí el exótico mundo de los piratas no ingleses, aquellos que actuaban en los países asiáticos. De pronto, un voluminoso libro cambió mi atención. Eran las fábulas de La Fontaine con ilustraciones de Doré publicado por la editorial Jackson

René Avilés Fabila
Recordanzas
 (Editorial Aldus, 1996)



Mi padre era autodidacta y se hizo periodista por sus propios medios. Leía a su manera. En esa época tenía treinta y pocos años y aún estaba aprendiendo. Leía muchos libros a la vez, sin terminar ninguno, y no le interesaban ni el relato ni la trama, sino las cualidades especiales o el carácter del escritor. Eso era lo que le daba satisfacción, y saboreaba a los escritores solo a ratos. A veces me llamaba para que lo oyera leer tres o cuatro páginas, raramente más, de un texto que le agradaba especialmente. Leía y explicaba con apasionamiento, y a mí no me costaba trabajo que me gustara lo mismo que a él. De esta forma tan curiosa –teniendo en cuenta las circunstancias, la mezcla de razas en el colegio de una colonia, la introversión asiática en casa- empecé a reunir mi propia antología de la literatura inglesa.
Estos eran algunos fragmentos de mi antología antes de que cumpliera los doce años: varios parlamentos de Julio César; páginas sueltas de los primeros capítulos de Oliver Twist, Nicholas Nickleby y David Copperfield; la leyenda de Perseo de Los hérores, de Charles Kingsley; unas cuantas páginas de El molino junto al Floss; un romántico cuento malayo de amores, fugas y muerte de Joseph Conrad; un par de Cuentos de Shakespeare, de Lamb; relatos de O. Henry y Maupassant; un par de páginas cínicas sobre el Ganges y una fiesta religiosa de Jesting Pilate, de Aldous Huxley; otras cosas del mismo estilo de Vacation hindu, de J.R. Ackerley, y unas cuantas páginas de Somerset Maugham

V.S. Naipaul
Momentos literarios (en papel, en ebook)
(Mondadori, 2012)





Tal vez no me gustarían tanto las enciclopedias si no las hubiera estudiado de niño con La enciclopedia Alvarez (…). A mí entonces me parecía un resumen colosal de todos los conocimientos posibles en el mundo, contenidos y apretados en un solo volumen, en aquel libro tan impresionante para nuestra mirada infantil cuando nos lo entregaban la primera vez, recién comprado en la papelería, intacto, a principios de curso, como un símbolo entre propicio y aterrador de que ya habíamos pasado de la cartilla y de las primeras letras a otras disciplinas más graves del aprendizaje

Antonio Muñoz Molina
(Alfaguara, 2002)

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